lunes, 11 de noviembre de 2013

Día 11: El personaje favorito que has llevado

Una nueva entrada correspondiente al “Desafío de los 30 Días”. Esta sí que es buena. Es complicado, para alguien que ha sido tanto tiempo Máster, tener partidas en condiciones para desarrollar un personaje. Y lo digo porque considero inherente al buen personaje la evolución. No cuento la cantidad de one-shots que he jugado, pues pensar que uno de estos ha sido mi favorito implicaría afirmar que no he tenido la suerte de experimentar la enorme sensación de cercanía, indescriptible a veces, que te da poder interpretar un concepto, un trasfondo, un individuo, durante un tiempo determinado. Verle evolucionar, sentir, afinar su forma de ser y enriquecerla con la tuya propia es una experiencia inolvidable.

Afortunadamente, he tenido algunas partidas así. No son las suficientes. No fueron lo suficientemente largas. No he podido atrapar la esencia de mi personaje con el tiempo que desearía. Pero hay donde elegir. Realmente, me cuesta mucho elegir entre los tres personajes que más han influido en mí, que más me han cambiado. Porque soy tan romántico como para pensar que un buen personaje te ayuda a ver y entender otras perspectivas, otros puntos de vista, otras sensaciones. Pero esto es otro tema del que no hablaré. Si tuviese que elegir un pódium, sería el de las Tres D: Dáris, Datt y Darry. Optaré por el segundo por ser mi primer personaje como jugador en una campaña larga, con ciertas pretensiones. Cuando aún era novato y no me preocupaba por las reglas. Cuando no tenía que esquivar las cadenas que te echan encima de eso llamado interpretación.

Datt era un personaje creado para Dungeons and Dragons (si no digo lo contrario, todo lo expuesto en anécdotas y momentos pertenece a este juego). Concretamente, era un hechicero humano. Hablando con el Máster tuve la opción de tener un dragón como familiar, lo cual no me hizo mucho más poderoso, pues esto era algo interpretativo; me daba un conjuro diario más de cada nivel, pero el pobre no tenía ni atributos. Le bauticé con el nombre de Prich, en honor a mi hámster, fallecido un par de años atrás, y al que le había cogido mucho cariño. Yo tenía 17 años en estos momentos, y llevaba un par de años dirigiendo con muchas lagunas sin hacerlo. Había acabado una sola campaña y ahora me disponía a realizar mi primera partida como jugador.

El joven Datt era un chico bastante jovial, atento y de buen corazón. Hablaba con mucha tranquilidad y nunca se enfadaba con el resto, pues creía en las oportunidades, en los errores y en las propias carencias de las que disponíamos los mortales. Era un ferviente defensor de todas las divinidades, a las que consideraba estructuradas en un orden que tenía como fin último la preservación del mundo que ellas mismas habían creado, independientemente de que fuesen malvadas o buenas. Creía, por tanto, en el equilibrio de las cosas, aunque siempre tuvo el afán idealista de alcanzar un mundo donde las buenas acciones superasen a las malas. Era de físico muy escueto, delgado, de pelo negro y corto, pero atractivo a su manera, con unos profundos ojos verdes llenos de vida. Es describirle y emocionarme a más no poder.

El pasado de Datt era muy turbulento. Sus padres murieron muy jóvenes y fue adoptado por una pareja de ancianos que descubrieron en él la magia. El reino donde vivía tenía muchísimo recelo hacia aquellos que tenían la magia de los dragones en su interior, por lo que protegían a los magos (a los que podían controlar) y prohibían a los hechiceros cualquier manifestación de su poder. Mientras un pequeño Datt se interesaba por la magia y las antiguas historias, por todo tipo de conocimientos y lecturas, sus padres adoptivos intentaban proteger un poder que, por alguna extraña razón, crecía y se manifestaba descontroladamente. Finalmente sería descubierto, sus padres enjuiciados y sentenciados. El pobre Datt logró escapar con tan solo doce años y se dedicó a buscarse la vida como pudo. No habría sobrevivido sino hubiese sido por Yonin.
Yonin era un hábil ladrón bastante mayor en edad (un elfo tiene más edad que un humano aunque ambos estén en la misma fase de desarrollo). Descarado, gracioso y con ciertos aires de grandeza, acogió a Datt en su seno y le protegió de la vida de la calle. Ambos aprendieron uno del otro y forjaron una gran amistad con el paso de los años. Yonin llevaba la marca del elfo desterrado; su piel era aceitunada, llena de extrañas marcas. En muchas ocasiones, sus métodos no eran los correctos para mi hechicero, y aunque la convivencia y la amistad unían por encima de todo, siempre vieron el futuro de forma diferente. En estos momentos Datt seguía con su poder descontrolado, pero poco a poco fueron labrándose un nombre como mercenarios, hasta el punto de lograr lo que buscaban: contactar con los propios dioses. Sin embargo, Yonin para este caso se había enamorado de una joven y atractiva elfa. Ambos planeaban casarse. Datt encontró la fórmula de acceder al conocimiento más profundo que ese mundo podía ofrecerles, un poder que les permitiría convertirse en guardianes del secreto más temido por los propios dioses, lo que les concedería un poder inimaginable; en el caso de Datt, para salvaguardar el mundo que tanto quería proteger. En el de Yonin…ninguno. El joven elfo dijo que quería formar una familia, que todo aquello no tenía más sentido. El propio hechicero era alguien ya poderoso, podría proteger el plano con sus propias manos sin atender a las plegarias de los propios dioses, sin ponerse a su servicio.

Datt logró convencer a Yonin. El segundo, más por su amistad que por otra cosa, decidió acometer ese último viaje junto a él. Este fue el único momento en que el hechicero sucumbió a su necesidad de acceder a ese poder, a esos secretos. Aunque su motivación era noble, los sacrificios que acometió fueron desastrosos para ambos. Sin poder dar marcha atrás, Yonin vio como su responsabilidad y sacrificio para proteger el mundo se llevaba consigo a la mujer que tanto había amado. A Datt se le concedió la oportunidad de ser inmortal y poderoso, pero era un sacrificio mucho mayor de lo pensado: viviría con el amargo dolor de haberle quitado a su amigo lo que este más quería.

Os he contado, a grandes rasgos, el trasfondo y la aventura. Jugamos dos periodos: el momento en que ambos eran chavales (venían más jugadores con nosotros) y, luego, el instante en que deciden ponerse en marcha una vez son ambos poderosos, con bastante más nivel a sus espaldas y desafíos mayores. Mi Máster en ese momento, Mario, hizo una partida cojonuda. La mejor que ha hecho, y la única que ha acabado. Me gustó tanto que usé a ambos personajes a modo de crossver en la trilogía en forma de tres campañas que dirigí hace poco en Anthara, aunque cambié ligeramente algunas cosas. Lo grandioso de este personaje no fue lo complejo del mismo: fue observar como esa ficha con números cambiaba de forma de ser, crecía junto a mí, se ajustaba a lo que yo veía y viceversa. En algunos momentos me sentía realmente como Datt, y comencé a implementar parte de mis sentimientos y vivencias en él. Fue una experiencia fascinante e irrepetible. Fueron meses y meses llenos de risas, buenos momentos, y fue la primera vez que descubrí lo que era estar delante de la pantalla. Lo que los jugadores sienten con una buena historia. Y aunque echo ese sentimiento de menos, tampoco me arrepiento de haber cogido mi camino como Máster. Sé que tarde o temprano encontraré una partida que me permita lo mismo.




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